Hace frío afuera. La tarde es gris, el viento le corta los labios, las manos, la piel del rostro. Duele el frío. Acelera el paso para llegar al calor de su casa, huyendo del tiempo inclemente; buscando el refugio de su hogar.
Entra en el piso, se descalza y nota el calor de la tarima flotante en la planta de los pies. Una copa de vino, algo de soul, su sofá y una manta. Se siente sola. No suele sentirse sola aunque no tenga compañía. Pero hoy sí. Hoy se siente infinitamente sola. Y vulnerable.
Y cuando se siente vulnerable, se cuestiona todo. Y duda. Duda de su seguridad, de su alta autoestima (que tal vez solo es apariencia); duda de si alguna vez se sintió querida. Flaquea y llora, aunque no sabe muy bien por qué.

La vulnerabilidad le quita todo el aplomo, la vuelve débil, triste, solitaria… y envidiosa. Envidia a esas mujeres que son deseadas por todos. Y las odia, porque no es como ellas. Y se odia, por pensar siquiera en ser como ellas.
Y apura la copa, entre lágrimas y sollozos, añorando el calor de unos brazos que la reconforten, y una voz varonil que la arrulle y le diga que es única, aunque sea mentira. Aunque sea por unas horas. Pero no hay nada de eso. No hay nada ni nadie que la consuele en ese momento de soledad, de desamor.
Mejor será enjugar las lágrimas y seguir hacia adelante, con la cabeza bien alta.